3 ene. 2011

Tolerantes

Badajoz , 03/01/2011 Crónica de Badajoz
Por el profesor Fernando Valdés, Departamento de prehistoria y arqueología - facultad de Filosofia y Letras de la Universidad Autónomo de Madrid
TLtos últimos meses he tenido la oportunidad de conversar con amigos, que no se conocen entre sí y viven a cientos de kilómetros, sobre algunas cuestiones de interés común. Unos eran españoles y otros marroquíes. Gente con cultura. Unos formaban parte de una esfera cristiana-católica, tal como se entiende en España. Los otros son de cultura islámica-magrebí, lo que también aporta sus matices diferenciales. Ni unos ni otros son, por ahora, religiosos, ni practicantes. Lo que me interesa, y me preocupa, de esas charlas es que existe una falta de comunicación, no hablo de religión, entre los ciudadanos de uno y otro lado del Estrecho verdaderamente escandalosa.
Al desconocimiento y menosprecio de ambas culturas se unen los prejuicios de una memoria histórica sólo evocadora de tragedias. No ayuda mucho la historia aprendida en el colegio. Las justificaciones académicas a políticas nacionalistas, a atrocidades sin nombre. Olvidamos lo que nos une y sólo recordamos lo que nos separa. Por ahí habría que empezar. Como mis amigos españoles son de Badajoz, ciudad fundada por los árabes, que intenta poner en valor sus orígenes dándoles el matiz nacionalista característico de lo español, me resulta extraño su menosprecio de lo islámico. No es justo. Los reproches son conocidos y compartidos por bastantes: la religión integrista, la falta de derechos de las mujeres, etcétera.
No niego que de eso hay mucho, pero no es general y a veces quienes critican parecen ángeles. Aquí nos empeñamos en presumir de la igualdad de la mujer cuando todas y todos sabemos que en la democrática España eso es, aún, un deseo. A veces nos olvidamos de cuál era la opinión mayoritaria sobre ciertos asuntos hace sólo unos años. Porque el conservadurismo español no es obra del franquismo, aun debiéndole mucho. Y, en cuanto a los integrismos, cualquiera diría que no los hemos tenido, ni los tenemos. ¿Vamos a renunciar alguna vez a nuestro complejo de superioridad, a nuestra mentalidad colonialista? ¿Alguna vez los defensores de los derechos humanos de nuestra ciudad, cuyo trabajo y dedicación aprecio mucho, van a mirar también a Palestina? Porque, puestos a comparar y sin hacer de menos a nadie, aquello tampoco tiene nombre. O es feísimo.

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